Cuatro días en Valizas

Cuatro días en Valizas

 

Vine a pasar cuatro días a Barra de Valizas porque necesitaba descansar, ¡y vaya si lo logré! La cabaña está por Tomas Cambre y la paz es absoluta, nos la prestó una valicera que llamé y en el momento me contestó “vente, está libre, no llega gente hasta el martes...”

Por María José González

Desde la hamaca paraguaya miro el entorno y veo casas que pueden ser perfectamente viviendas de un pueblo del interior del país, con terrenos grandes, con muchos árboles, higueras, limoneros, palmeras, parras, zapalleras increíbles, quintas en los fondos o en el frente de los terrenos y muchos, muchos girasoles, pero prestando atención y mirando más detenidamente veo una callecita de arena. Quedo en silencio y me doy cuenta que detrás del ruido del viento en el eucaliptus, se escucha otro ruido que me es muy familiar, ¡es el ruido del mar! ¡Opa, es un balneario! 

El agite está concentrado en las últimas cinco cuadras de la calle principal, donde me cruzo con un tumulto de gente tan heterogénea que impacta: Mujeres con ropajes de telas que caen sueltas,flojas, pero que por lo contrario a lo que pensaría, las hace muy femeninas…con rastas, rapadas, con el pelo azul, verde, rosado, largo corto,como se te ocurra! Ellos también parece que quieren marcar su estilo propio (¡cada personaje!), y para completar la escena, están los valiceros...cada uno viviendo la temporada, trabajándola, tratando de que rinda lo máximo, sabiendo que de esta ya queda muy poco…

De día, los grupos de turistas caminan con paso lento, como disfrutando el llegar a esa playa espectacular. Los que andan haciendo mandados quizá un poquito más rápido, pero lo que sí, todos tienen que esquivar los camiones de los distribuidores que no dan a vasto entregando pedidos.

La noche es otro espectáculo...o disfrutas de la inmensidad de la Vía Láctea (estés donde estés), o vas al “centrito”... Tal cual como si uno entrara en una escenografía ambientada para un cuento surrealista: muchas velitas encerradas en bidones a los bordes de la calle, en los puentes de madera que dan acceso a los boliches y que siguen hasta terminar la calle en la plazoleta Leopoldina Rosa, donde pegas la vuelta. Siento que todas esas lucecitas que apenas alumbran están para guiarme en ese paseo único, donde voy avanzando como por una pasarela…

Cuando avanzo en esa penumbra, distingo grupos de muchachos que sentados en el suelo, conversan entre sí, detrás de un “paño”. Cuando paso frente a ellos, cruzamos una mirada, una sonrisa y siguen en su tertulia, a lo cual deduzco que no tienen gana ninguna de venderme un collar, una piedra semipreciosa, inciensos artesanales, trabajo en cuero o algún cazasueños...creo que solo quieren pertenecer a ese mundo mágico.

Todos los boliches de comida, desde el más sofisticado al más humilde tienen identidad valicera... sin importar si eliges comer productos del mar, pastas o comida vegana, donde te sientes sabes que estás en Valizas, y eso me encantó!

Caballos sueltos con una cuerda colgando, que da lugar a dos interpretaciones: o “me escapé” o “me dejaron salir a pastar libre”; gallinas con sus pollitos, la laguna llena de patos y gansos! ¿Qué más se puede pedir?

Ya en mi rancho, cuidando que el dulce de higo quede a punto (hecho con higos de Valizas), llego a la conclusión de que Barra de Valizas es un collar energético, una piedra preciosa, un incienso natural con aroma a salitre y bañado, es cuero curtido en la cara de los valiceros y un inmenso cazasueños que atrapó toda pesadilla que intentó lastimarme.

Sin duda alguna voy a volver.